Quizá suene ñoño. Quizá pueda resultar hasta ridículo. Son muchos, muchísimos años los que han pasado desde que lloramos juntas con esta película, con esta escena, con esta canción. No soy capaz de situar la fecha, tendríamos doce o catorce años, unas preadolescencias despiadadas y una sensibilidad excesiva. No sé cuánto tiempo hace de aquello, no soy capaz de recordar el año,  pero recuerdo el escenario al milímetro. Una tarde de final de otoño, de un nublado plomizo, con una lluvia de esas que te deja el pelo chiri y que te cala los huesos. Un sofá rojo con letras blancas, una merienda-cena y un extra de cine en casa, una vez duchados y puestos los pijamas después de haber hecho los deberes.

Espero e imagino que me iré relajando y que el tiempo que falta, que es mucho, (y el sentido común) me proporcione medidas. Mientras tanto, y con eso de que últimamente -no sólo en conversaciones sino también en pensamientos-, soy bastante “monotema”, estoy aprovechando para reflexionar y hacer balance sobre algunas facetas y numerosos aspectos de mi vida que mucho o nada tienen que ver con la adopción. (En algún momento, y más pronto que tarde, la psicología tendrá que hacer una valoración económica de las pérdidas que los blogs deben estar provocando entre sus profesionales)

De entre los que sí tienen que ver con este tema, e intentando hacer un ejercicio de memoria para ver si era capaz de saber en qué momento de mi vida tuve tan claro que “algún día” adoptaría, me situé en la salita de estar, recién duchada, con el pelo mojado oliendo a champú, con una batita de casa roja, en ese sofá, con mis hermanos. Seguro que mezclo algún recuerdo. Pero así lo recuerdo. No creo que fuese en ese momento, no creo que fuese antes, no sé tampoco si fue después. Si preguntara a aquellos que me conocen mejor que yo misma me dirían “desde siempre”. Sé cuándo he sido capaz de decir “lo hago”. No sé cuándo fui capaz de decir “lo haré”.

Y mi mente me vuelve a situar allí, con un bocado casi atragantado, con la vista nublada por las lágrimas y un ligero dolor de párpados, con mi hermano atento a la película y resignado a la compañía; y con mi hermana, cómplice, compartiendo llantos, emociones, y, quién sabe si en aquel momento, este proyecto.

A MI HERMANA