Me cuesta creer que la especie humana pueda llegar a ser tan miserable. Y que genere tanta miseria.

 

Suelo ser bastante benevolente con la mayoría de las personas y, hasta ahora, mi experiencia con la gente me ha dado cuartelillo para seguir concediéndome ciertas licencias que no todo el mundo suele permitirse. Siempre, y desde el principio, doy un voto de confianza. Prejuzgo, lógicamente, y porque soy humana lo hago, pero con mucha cautela. Aprendí hace ya, ni recuerdo, que los prejuicios, además de ser generadores de estereotipos, discriminación y desigualdad, son un mero instrumento de economía cognitiva a la hora de poder enfrentarse al mundo. Así que, en ese intento de conocer y entender, procuro etiquetar lo menos posible mientras obtengo nuevos datos sobre los que formarme una opinión algo más rigurosa que la que suele desprenderse de las primeras impresiones.

 

He dudado mucho antes de escribir esto. Incluso he dicho a tres personas distintas y en tres momentos diferentes que no lo iba a hacer. Pero como quienes a los que se lo dije me conocen bien, estoy segura de que se sonríen mientras leen lo que sabían que, aunque no me apetecía, iba a terminar haciendo.

 

El pasado diciembre se firmó el Convenio entre España y Vietnam sobre cooperación en materia de adopción. Durante los primeros meses de 2008 se han ido acreditando diferentes ECAIs tanto en Vietnam como en las Comunidades Autónomas, para comenzar a tramitarse a finales de verano los primeros expedientes de adopción. A mi todavía me queda… no quiero ni pensarlo… ¿o sí?.  En breve, al menos eso espero, tendré que elegir  “oficialmente” el país en el que tramitar la adopción. Oficiosamente es Vietnam. Llegar a esa conclusión fue para mí una dificilísima decisión, sobre todo, y además de por otras muchísimas cuestiones que no vienen ahora al caso, por la propia renuncia que implica cualquier elección.

 

Y en pleno proceso de enamoramiento del país, en un momento de total convicción y de fortalecimiento de una importantísima decisión, que además me atrevo a compartir, comienzo a oir lo que nadie quiere oir sobre las adopciones en Vietnam y a leer informaciones que duelen , como una carta de CORA (Coordinadora de Asociaciones en defensa de la Adopción y el Acogimiento) a las autoridades, en la que se solicita el  cierre de las adopciones en Nepal y en Vietnam, por ser dos países en los que no se dan las circunstancias necesarias para una adopción con garantías.

 

No dudo en la legalidad de los procedimientos y en el correcto seguimiento por parte de España. Confío en las autoridades españolas y en el buen hacer de las ECAIs, pero quienes han dado la voz de alarma también confían en ellas. Son los gobiernos de Nepal, Vietnam y otros tantísimos países los que no tienen aún los mecanismos para garantizar estos procesos.

 

Últimamente están proliferando los programas sobre la adopción, sobre la cara oscura de la adopción internacional. Es como cuando te haces una herida en un dedo, que todos los golpes que uno puede recibir a lo largo del día van justamente a esa minúscula zona del dedo ya dolorida. No es que critique el que se hagan, al contrario, es fundamental estar informado, pero ya son demasiadas veces al día las que deseo ser una ignorante. Llevan anunciando una semana un programa que emiten hoy sobre la venta de menores en Perú y llevo una semana convencida de que nada de lo que esta noche vea va a sorprenderme, esa es la cuestión. Esa es la tragedia. Desde luego me va a repugnar, pero no me va a dar más información de la que ya conozco.

 

Quiero ser madre. Y quiero adoptar, porque existe la adopción. Ojalá no existiera. Eso significaría que no habría niños ni niñas que necesitaran una familia y que no habría familias que tuvieran que renunciar a sus hijos. También que no habría menores que, por su perfil, se quedaran fuera de los canales de adopción y que no habría miserables que se enriquecieran (o sobrevivieran) “buscando bebés” y engañando a familias.  Pero existe la adopción… y existe el tráfico de niños.  Y ya que es mucho más complicado (que no imposible) dejar de “expropiar” la riqueza de los países pobres y evitar que pierdan a su gente joven en circuitos migratorios y a sus niños y niñas en circuitos de adopciones internacionales, al menos, se deberían garantizar todos y cada uno de los mecanismos necesarios para la lucha contra el tráfico de personas.  Y si no existen esos mecanismos, si no existen esas garantías para evitar que se aproveche la adopción, el deseo de los padres y la necesidad de los niños, para traficar con los más vulnerables, los menores, son las autoridades las que deben actuar, si es necesario, incluso con el cierre de países. Pero no sólo, las familias somos parte del proceso y es nuestra responsabilidad exigir la máxima transparencia en la procedencia de los menores y no transigir con ni una mínima duda.

 

Veré el reportaje, no me sorprenderé, se me desgarrará el alma y renegaré de mi especie. Pero no seré cómplice.

 

Desde hace tres semanas todos mis días son sábado antes de las elecciones, vivo en continua jornada de reflexión. Quiero dar una oportunidad a Vietnam, espero poder dar un voto de confianza a su sistema de adopciones. Quiero pensar que, a raíz de las denuncias, el DAI está trabajando para garantizar la legalidad en los procesos y que España está colaborando en ello. Deseo con todas mis fuerzas que el gobierno vietnamita tenga capacidad para cumplir el texto del convenio… 

 

 

…y poder seguir teniendo mi ventana abierta a Vietnam

 

Esta mañana me han enviado por correo electrónico una lista con “Las veinte cosas que un hijo adoptado querría que sus padres supieran”. El listado está extraído del libro, de igual título, “Twenty Things Adopted Kids Wish Their Adoptive Parents Knew”, de Sherrie Eldridge (1999).

 

En él, la autora, adulta adoptada, dedica un capítulo completo a cada una de ellas.

 

 

Estas 20 cosas son:

 

 1.  Sufrí una profunda pérdida antes de ser adoptado/a. Tú no eres responsable.

2.  Necesito que me enseñen que tengo necesidades especiales derivadas de las pérdidas que conllevó mi adopción, y que no tengo por qué avergonzarme de ellas.

3.  Si no experimento el duelo por esta pérdida, mi capacidad para recibir amor de otros se verá dañada.

4.  Mi dolor, mi tristeza no resuelta, puede manifestarse en forma de ira o enfado hacia ti. 

5.  Necesito que me ayudes a vivir y superar mi duelo. Que me enseñes cómo conectar con mis sentimientos acerca de mi adopción, y que éstos son válidos

6.  El hecho de que no hable de mi familia biológica no implica que no piense en ella.

7.  Quiero que seas tú quien tome la iniciativa y me hables de mi familia biológica.

8.  Necesito saber la verdad acerca de mi concepción, nacimiento e historia familiar, sin importar lo doloroso que puedan llegar a ser los detalles.

9.  Tengo miedo de haber sido “entregado/a” por haber hecho algo malo o haberme portado mal. Necesito que me ayudes a liberarme de ese sentimiento enfermizo de culpa.

10. Tengo miedo de que me abandones.  

11. Puedo parecer más entero/a de lo que me siento. Necesito que me ayudes a descubrir partes de mí mismo/a que mantengo ocultas para poder integrar todos los elementos que conforman mi identidad.

12. Necesito experimentar un sentimiento de poder personal

13. Por favor, no digas que me parezco físicamente a tí o actúo igual que tú. Necesito que reconozcas y celebres nuestras diferencias.

14. Déjame ser quien soy, pero no me separes nunca de ti.

15. Por favor, respeta mi privacidad en lo respecta a mi adopción. No hables de ello con otras personas sin mi consentimiento.

16. Aunque no lo parezca, los cumpleaños pueden ser una fecha muy difícil para mí.

17. El no conocer mi historial médico completo ni mis antecedentes biológicos puede generarme a veces mucha inquietud.

18. Tengo miedo a ser una persona demasiado complicada para ti.

19. Cuando manifiesto mis miedos actuando de una forma que no es correcta, por favor, quédate a mi lado y actúa con sabiduría.

20. Incluso si decido buscar a mi familia biológica, siempre querré que seáis mis padres.

Después de leer esta lista, y de que un escalofrío recorriera mi cuerpo, tan solo he podido ir a su “libro de vida” a contarle dos cosas que me gustaría que supiese de mí.

“Un hilo rojo, invisible, conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, del lugar, a pesar de las circunstancias. El hilo puede tensarse o enredarse, pero nunca podrá romperse”.

 

El Hilo Rojo es una leyenda milenaria de origen oriental que el poeta Gabriel Celaya convirtió en imagen literaria y David Ojeda en obra de teatro. Relata cómo existen, en cada uno de nosotros, unos lazos afectivos que nos hacen encontrarnos a lo largo de nuestras vidas con aquellos que comparten el mismo destino de nuestras hebras. Es un hilo atemporal que compartimos con todos aquellos con los que estamos destinados a encontrarnos, independientemente del momento del encuentro, y con los que se permanece unido para siempre.

 

La historia más antigua cuenta que es un anciano, el “Abuelo de la luna”, el que ata en la muñeca de cada uno, nada más nacer, un hilo rojo con multitud de terminaciones. Y cada noche, desde la luna que es su hogar, sale, vigilante, buscando a aquellas personas que están destinadas a permanecer juntas, y, cuando las encuentra, une sus muñecas con el hilo rojo.

 

Es una leyenda que, en definitiva, y como expresa la obra teatral, cuenta un  “espérame que ya llego”, un “date prisa que me haces falta”, un “cuánto tiempo he esperado que vinieras a por mí” y  un  “¡aún no te conozco y ya te quiero!”

Gracias por vuestros comentarios, por todos, y en todos los lugares (blogs, grupos, foros, etc.) donde los habéis hecho. Me resulta complicado contestar a las palabras que estáis dejando. El significado y la procedencia de esos retales… ¿Que decir?. ¡Me tenéis emocionada!.

Ya comenté que no quería llegar a pasarme de un cierto grado de intimismo, entre otras cosas, y a muchos/as de vosotros/as ya os lo he comentado en alguna ocasión, porque me da mucho pudor. El anonimato es un buen aliado. Pero el alias de “El vuelo de la Libélula” no deja de ser un seudoanonimato. Cierto es que tan sólo una reducida parte de “mi mundo” participa del mundo de los blogs. Pero también es cierto que esa parte, por no decir la mayoría, de los que lo hacéis, me conocéis. Bien personalmente o bien por mi participación en foros y grupos con mi identidad –no la real, porque esta también lo es-, pero sí, oficial.

Ese pudor, la vergüenza que da el sentirse desnudo/a, que quería evitar intentando no entrar en cuestiones excesivamente íntimas, veo, sobre todo a raíz de vuestros comentarios, que va a ser imposible apartarlo. Entre otras cosas porque ¿qué hay más íntimo que “la aventura de convertirse en familia”, que es, al fin y al cabo, lo que me ha llevado a escribir estas páginas?. De modo que, aunque ruborizada, continuaré quitándome ropa.

Gracias por considerarme una persona valiente y solidaria. Creo serlo, pero desde luego no por adoptar. En realidad en más de una ocasión me he llegado a sentir egoísta. Porque, ante todo, estoy cumpliendo el deseo de ser madre. El ser madre y  el ser madre adoptiva es algo que siempre he tenido claro. No sabía ni en qué momento ni en qué circunstancias de mi vida, si sería estando casada, o incluso cuando ya tuviera algún hijo biológico, o soltera, como es el caso, pero nunca he tenido dudas respecto a la adopción.

Por otro lado, son muchos/as los/as niños/as que, como yo, necesitan y desean formar una familia. Pero, a diferencia de mí, ellos y ellas tienen el derecho a tener una familia, a vivir en un ambiente de protección, a sentirse queridos. La de Beatriz San Román es una de las mejores definiciones que he leído de adopción, “un puente que une una necesidad y un deseo: la necesidad que un niño tiene de encontrar una familia y el deseo que tiene el adoptante de ser padre”

No es valentía.

El 3 de marzo de 2008 ha pasado a ser, espero que junto a otras muchísimas más que estén por venir, una de las fechas más importantes y decisivas de mi vida. Fue el día en que entregué en la Delegación de Igualdad la solicitud de adopción. Fue el día en que, oficialmente, comenzó el viaje de la libélula. Un viaje vital con un claro fin y, por aquel entonces, un dudoso destino. Ha pasado mucho tiempo y han pasado muchas cosas desde ese momento. Pero, sin duda, lo más importante es que he conseguido el pasaporte para empezar a cruzar fronteras y he sido capaz, no sin muchas dificultades, de vislumbrar hacia donde me debe dirigir la brújula.

Ya lo tengo claro, es en Vietnam donde mi hijo o mi hija me espera, desde donde tira fuerte del hilo que nos une, es la tierra que lo/a ha visto o lo/a verá nacer. Vietnam, testigo del abandono y del encuentro, testigo de su futuro, de nuestro futuro.

Hace tiempo comencé un diario, me resultaba imposible expresar con palabras algunos de los sentimientos, miedos, dudas, y emociones que me embargaban de manera continua. Pero de la misma manera, era imposible imaginar que todo lo que estaba experimentando cuando pensaba a veces en él, a veces en ella, en ocasiones con la piel de chocolate y en ocasiones con ojos de luna, se quedara en un vago recuerdo o en algún episodio anecdótico y que, al pasar el tiempo, no fuese capaz de trasmitírselo tal y como lo estaba sintiendo. Así que en mayo comencé lo que será parte de su “libro de vida”.

Ahora, aunque no en ese grado de intimismo, me surge la necesidad de escribir un cuaderno de viaje, y bien aconsejada, lo hago a través de estas páginas. Necesito conocer, empaparme de la que empieza a ser mi segunda patria, y necesito y quiero compartirla.

Espero que este pequeño cuaderno de bitácora ayude a conocer un poco más esa tierra donde los dragones vuelan, y me de la oportunidad de compartir con vosotros, algunos de esos anhelos, experiencias y sentimientos que difícilmente podría o sabría hacer de otra manera. Porque yo, como el viajero Baldassare, mientras otros escriben como hablan, escribo como callo.

Gracias, de todo corazón, por acompañarme en este viaje.