El 3 de marzo de 2008 ha pasado a ser, espero que junto a otras muchísimas más que estén por venir, una de las fechas más importantes y decisivas de mi vida. Fue el día en que entregué en la Delegación de Igualdad la solicitud de adopción. Fue el día en que, oficialmente, comenzó el viaje de la libélula. Un viaje vital con un claro fin y, por aquel entonces, un dudoso destino. Ha pasado mucho tiempo y han pasado muchas cosas desde ese momento. Pero, sin duda, lo más importante es que he conseguido el pasaporte para empezar a cruzar fronteras y he sido capaz, no sin muchas dificultades, de vislumbrar hacia donde me debe dirigir la brújula.

Ya lo tengo claro, es en Vietnam donde mi hijo o mi hija me espera, desde donde tira fuerte del hilo que nos une, es la tierra que lo/a ha visto o lo/a verá nacer. Vietnam, testigo del abandono y del encuentro, testigo de su futuro, de nuestro futuro.

Hace tiempo comencé un diario, me resultaba imposible expresar con palabras algunos de los sentimientos, miedos, dudas, y emociones que me embargaban de manera continua. Pero de la misma manera, era imposible imaginar que todo lo que estaba experimentando cuando pensaba a veces en él, a veces en ella, en ocasiones con la piel de chocolate y en ocasiones con ojos de luna, se quedara en un vago recuerdo o en algún episodio anecdótico y que, al pasar el tiempo, no fuese capaz de trasmitírselo tal y como lo estaba sintiendo. Así que en mayo comencé lo que será parte de su “libro de vida”.

Ahora, aunque no en ese grado de intimismo, me surge la necesidad de escribir un cuaderno de viaje, y bien aconsejada, lo hago a través de estas páginas. Necesito conocer, empaparme de la que empieza a ser mi segunda patria, y necesito y quiero compartirla.

Espero que este pequeño cuaderno de bitácora ayude a conocer un poco más esa tierra donde los dragones vuelan, y me de la oportunidad de compartir con vosotros, algunos de esos anhelos, experiencias y sentimientos que difícilmente podría o sabría hacer de otra manera. Porque yo, como el viajero Baldassare, mientras otros escriben como hablan, escribo como callo.

Gracias, de todo corazón, por acompañarme en este viaje.